Lamer la escarcha

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Intento salir a caminar todos los días. No sé por qué pero los domingos me cuesta más trabajo que otros días. De cualquier manera lo logré. Salí a dar un paseo al parque.

Mientras caminaba, iba mirando el suelo y de pronto vi una piedra extraña. La levanté. Estaba tibia y olía a pescado. No era una piedra: alguien comió ostiones y olvidó la concha en el suelo. No me gustan los ostiones, pero por alguna razón me dieron ganas de lamer la concha. Lamía la concha y lo estaba disfrutando hasta que un perro salchicha se me echó encima. Me atacó por la espalda. Los dueños del perro tardaron un rato en controlar a la bestia.

Hace más de diez años, cuando estudiaba en la universidad, Bob y yo no éramos amigos todavía, él era mi maestro de literatura. Para su clase, leimos Compañía, de Samuel Beckett. También leímos Esperando a Godot. Pero mi libro favorito de Beckett es Molloy. Recuerdo en especial la parte en donde uno de los personajes lame sus piedras. Ese libro lo leí hasta después de terminar la universidad. Entonces Bob y yo ya éramos muy buenos amigos.

Cuando era niño y terminé de ver Dumb & Dumber, fui a la cocina, abrí el congelador y puse mi lengua en el cajón para lamer la escarcha. La lengua se pegó al hielo. Me quedé allí pegado un momento y luego me jalé hacia atrás para despegarme. Un trozo de mi lengua se desprendió y quedó pegado en el cajón. Había un poco de sangre. Me dio un escalofrío. Me sentí un poco decepcionado. Desde entonces solamente lamo objetos tibios.

Memoria selectiva

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Ayer hablé con mi abuela. Para ella –que está en México– era viernes por la tarde. Para mí –que estoy en Australia– era sábado por la mañana. En casa de los abuelos, los viernes son para brindar después de la comida. Sonaban las copas a través del teléfono. Mi abuela mencionó el nombre del vino con el que estaban brindando pero ya lo olvidé. Mi memoria es pésima, aunque recuerdo bien el día en que me dije a mí mismo: Abel, quizá lo mejor sea perder la memoria. Estudiaba la preparatoria. Un día después de clases, estaba platicando con Dana y de pronto se me vino ese pensamiento a la cabeza. Perder la memoria.

Quizá no es tanto que se pierda sino que uno se hace más selectivo con lo que recuerda. No tienes mala memoria, tienes memoria selectiva, me dijo un día Daniel.

Con Bob escuché por primera vez a Galaxie 500. Estábamos en su casa y puso When Will You Come Home. He escuchado demasiadas veces esa canción. La escuché tanto que ya no necesito escucharla más. Ahora prefiero oír Strange.

Un sonido agradable

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Iba caminando por la calle, bajando de un puente peatonal. A unos pasos de mí, vi una galleta de la suerte tirada en el piso. Todavía estaba envuelta en su pequeña bolsa de plástico transparente. Me agaché a recogerla y me pregunté si la suerte que vendría dentro de la galleta sería mía o pertenecía más bien a la persona que la había dejado caer. Aunque no tenía prisa por llegar a alguna parte, no me entretuve demasiado en ese pensamiento.

Abrí la bolsa y partí la galleta en dos: no había nada adentro, estaba vacía. Dejé caer la galleta al suelo y la pisé. El sonido que hizo al crujir bajo mis zapatos fue agradable. Seguí mi camino con una ligera sensación de satisfacción y me pregunté ¿cuánto depende de la suerte? Tampoco le dediqué mucho tiempo a este pensamiento.

Antes de dar la vuelta en la esquina, volteé y alcancé a ver unas palomas peleándose por los trozos de galleta de la suerte que quedaron en el piso.