Quizá fueron los grillos

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Preparé una crema de zanahorias para cenar. Después de cenar fuimos a caminar. Eran las once de la noche cuando volvimos. Nos acostamos, apagamos la luz. Con el estómago lleno me cuesta trabajo dormir. Cuando sentí que por fin iba a lograrlo, la cama de los vecinos empezó a golpear contra la pared: ella gemía, él no tanto. Hace unos días me encontré con la vecina en las escaleras. Me dijo que desde su departamento me había escuchado cantar y que le gustaban mis canciones. Le dije que me daba mucho gusto saberlo y que si el volumen de la música estaba muy alto que por favor me avisara. Dijo que no, que al contrario, que le gustaría escuchar más.

Cuando la cama dejó de golpear, quedó ya solamente el ruido de los insectos. Pensé que podrían ser las cigarras pero las cigarras no cantan de noche. A ellas les gusta el sol, cantan cuando llega el verano australiano, un verano que este año es un verano de mentiras. Hace dos días el cielo estaba sin una nube, era la tarde perfecta para tomar un poco el sol. Cuando llegué a la playa me senté sobre la arena y me quedé sintiendo la fuerza del viento helado. Igual me acosté e intenté leer el libro que llevaba. Al poco tiempo empezó a bajar más la temperatura y el viento a soplar más fuerte. Cerré el libro y me fui de regreso a casa. Una amiga que vive en Barcelona me dice que el verano allá fue igual, un chiste. Espero que el próximo año el verano, entre otras cosas, sea diferente.