Un lugar distinto

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Xenia y yo éramos amigos en la secundaria. Una vez, casi terminando el recreo, Xenia me pidió que la insultara, que le dijera chinga tu madre, Xenia. Se lo dije y me contestó con una cachetada. No sé qué esperaba ella. Tampoco sé qué esperaba yo. Todo pasó muy rápido. Después de la cachetada nos fuimos atrás de las escaleras a besarnos.

En esas mismas escaleras nos dimos muchos besos Miranda y yo, aunque nunca abríamos la boca. El día que intenté poner mi mano sobre una de sus piernas me detuvo, se levantó y se fue corriendo. Entendí que había llegado el final de eso que teníamos. Fuimos novios tres días.

Mi relación con Susan fue más estable: fuimos novios dos meses. Susan y yo nos besamos muy poco pero fuimos mucho al cine. Vimos Titanic juntos. Era 1997. Cuando se hunde el barco y James suelta la mano de Rose para dejarse ir al mar profundo, no dejé que mis lágrimas salieran. Porque lágrimas hubo, pero se me quedaron dentro. Ese placer, el de llorar a oscuras en la sala de cine, ya sea solo o acompañado, y llorar, sí, llorar por lo que sea que les haya pasado a los personajes, pero llorar también por uno y por lo que sea que esté pasando allá afuera, siempre hay algo cruel pasando allá afuera, ese placer, ese gran placer lo descubriría yo casi diez años más tarde.

Hoy el aire no está tan pesado como ayer. Salió el sol. Cociné frijoles. A las vecinas les gusta cuando cocino frijoles: el olor viaja por todo el edificio. A mí me gusta cuando Gemma prepara el café y la casa huele a un lugar distinto. Los olores no me dejan pensar, me jalan de vuelta a la realidad.

“Bueno, el pasado ya se fue, lo sé. El futuro no está aquí todavía, como sea que vaya a ser. Así que, todo lo que hay, es esto,” dice en algún momento el personaje de Bill Murray en Broken Flowers. “El presente. Nada más.”

Decía yo: hoy el aire no está ya tan pesado como ayer. Gemma está preparando el café y puedo olerlo desde aquí.