Terrible monstruo hermoso

Durante cuatro o cinco años viví en un departamento en la colonia Del Valle de la Ciudad de México.

La calle, División del Norte.

Abajo, el restaurante “Mil Salsas”. Ahí comía enchiladas de mole. Atendían unas señoras agradables y platicadoras.

Arriba, o más bien encima, una antena gigante de alguna compañía de teléfonos. A veces, sentado en el sillón, me quedaba mirando al techo pensando en el peso de la antena. Y en los temblores.

Al lado, el vecino hacía fiestas muy seguido. Decía que era DJ. Los días después de las fiestas, las escaleras estaban pegajosas y el pasillo olía a ebriedad. Varias veces los demás vecinos firmaron cartas para echarlo del edificio. Eventualmente las escaleras recuperaron su brillo y suavidad.

En frente, un amigo abrió un restaurante de tacos pero el negocio no prosperó, no sobrevivió. Mi amigo, tristemente, tampoco.

También en frente, una noche estacioné el auto y a la mañana siguiente el vigilante tocó el timbre para avisarme que alguien se había robado las calaveras. No había mucho por hacer. Desayunar, tal vez, aunque sin hambre.

Afuera, el tráfico, el humo, las luces, los gritos, la construcción, la destrucción, el caos, los colores, la vida.

A veces extraño a ese terrible monstruo hermoso, la Ciudad de México.