• Solamente el mar

    Quizá habrían pasado tres o cuatro horas desde que despegamos. Pasillo. Siempre pasillo: la ilusión de la libertad en esos largos vuelos que cruzan el océano Pacífico entre Australia y México. 

    Me despertó la voz que anunciaba la posibilidad de una severa turbulencia en los próximos diez minutos. A mucha gente el instinto de supervivencia le ordenó pararse de sus asientos para ir al baño. Yo encendí la pantalla y puse el programa de navegación para ver exactamente por dónde íbamos volando. El mar. Solamente el mar. Pensé en las olas, gigantes, violentas, heladas.

    Imaginé el frío y la oscuridad.

    Ajusté la pantalla y vi una isla no muy lejos de donde estábamos. Sentí alivio. El mar, por más que sea uno de mis lugares favoritos, su inmensidad y su fuerza nunca han dejado de provocarme miedo. El abuelo diría “respeto”, no miedo. En su generación los hombres no se permitieron expresar que sentían, entre otras cosas, miedo.

    Además de miedo, también tuve ganas de ir al baño pero decidí quedarme sentado, mirando la pantalla: nos acercábamos a la isla, volábamos sobre ella, y nos alejábamos.

    Pasaron diez minutos. Luego otros diez. Luego veinte. La turbulencia severa no llegaba.

    Cuando finalmente me paré para ir al baño, las demás personas ya estaban en sus asientos, intentando dormir de nuevo, con sus cinturones de seguridad ajustados. Se respiraba cierta calma. 

    Cerré la puerta del pequeño cubículo y me miré en el espejo. En mis ojos pude ver cansancio y culpa. ¿Cómo perdonarse a sí mismo? Pensé que tal vez esa sería la libertad: poder ir por ahí sin sentirse culpable de nada, haber encontrado la forma de perdonarse sin perder la razón, sin volverse un inconsciente, un hijo de puta. Pensaba en eso cuando llegó la turbulencia severa.

    Mientras el avión se sacudía con violencia y las alarmas de ajustarse el cinturón sonaban, yo me bajé los pantalones y me senté en el escusado. Para entonces ya estaríamos bastante lejos de la isla.

  • Todo es vida

    Volví a soñar con Bob. Yo estaba en la habitación de un hotel con los músicos de una banda española. Bob estaba en camino pero se había perdido. En una especie de mapa o aplicación, yo podía ver por dónde iba su auto. Le marqué por teléfono para decirle cómo llegar, pero la señal estaba muy mal, mis instrucciones le llegaban fuera de tiempo y Bob daba vueltas por calles que no eran. Podía ver cómo se alejaba. En un momento vi en el mapa que Bob cruzaba todo México desde el sur, subía a Estados Unidos y llegaba a Canadá. Se lo dije, compadre, estás dando una vuelta enorme, por ahí no era. 

    Se bajó entonces del auto y caminó al hotel en donde estábamos. Fue más fácil. Llegó empapado en sudor y jadeando. Estaba muy emocionado.

    Alguno de la banda le dio play a la grabadora. Sonó la voz de un poeta inglés. Bob y yo tomamos un libro y, sumándonos a la voz del poeta, empezamos a leer. Nuestro inglés era terrible, en especial el de Bob: se brincaba palabras, inventaba otras, gritaba y se reía. Daba vuelta a las páginas como si de ello dependiera todo. Estaba en ese estado de éxtasis que le producía la fiesta, la poesía, la música, las charlas, la atención. Muchas veces todo esto al mismo tiempo. 

    Los sueños, como todo lo que se ha vivido, se convierten en recuerdos y ahí, en la memoria – y en el corazón también – no se distinguen ya de lo que pasa mientras no dormimos. 

    Todo es vida. 

    Qué extraño, y qué fuerte es, soñar con las personas que se han ido.

  • Deshora

    Así como puede hablarse de un sentido de pertenencia, ¿puede hablarse de un sentido de impertenencia?

    Sé que la palabra –impertenencia– no existe, o al menos no en los diccionarios. Tampoco he escuchado a nadie decirla. 

    ¿Será ‘impertinencia’ la palabra adecuada? ¿La más cercana? ¿La pertinente?

    Algunos significados de impertinencia son:

    1. Dicho o hecho fuera de propósito.
    2. Importunidad molesta y enfadosa. 

    Y algunos sinónimos que he encontrado, y que me han gustado mucho, en especial el último en la lista:

    Despropósito, desacierto, insolencia, grosería, inconveniencia, inoportunidad, improcedencia, inconveniencia, deshora. 

    No, sentido de impertinencia no es lo que quiero decir. Habrá que seguir buscando la palabra. 

    Por lo pronto me contentaré diciendo ‘sentido de impertenencia’ para explicar que, después haber pasado algunos años en esta isla, no me he encontrado, no me siento parte, me siento ajeno, separado, distante. 

    Aislado, al final del día. 

    Habrá que seguir buscando la palabra, y un lugar en el mundo también.

  • Rabia

    Pedimos una mesa para dos. La mesera nos dijo que nos sentáramos en la mesa que más rabia nos diera. Le traduje la instrucción a Gemma. Nos sentamos junta una señora que fumaba y otros dos que platicaban en italiano. Miramos el menú. No se nos antojó nada. Nos fuimos. Encontramos otro lugar y, sin esperar instrucciones, nos sentamos en una mesa cerca del televisor. Pedimos dos bocadillos de atún. Un señor entró tambaleándose y pidió una cerveza. “Pero no como la que me trajo ayer, señor, que estaba bien vacía.” Se sentó junto a nosotros. 

    En el televisor hablaban del presidente de Argentina y su visita a España. También pasaron al presidente de México junto a su esposa. En la siguiente sección contaban la historia del rey Juan Carlos I. 

    Llegaron los bocadillos. El señor que estaba sentado al lado nuestro daba tragos pequeños a su cerveza y miraba a través de la ventana. Eran las diez de la mañana.

  • Nos la jugamos

    Conocí las canciones de La Habitación Roja gracias a Bob. Le encantaba la frase de esa canción que dice “a tu buzón sólo llega propaganda de restaurantes chinos y algún recibo.” Le hacía pensar en el poema de Williams “This is just to say”. 

    Ahora que estoy aquí en Valencia grabando en el estudio de Luis Martínez – que es donde LHR ensaya y graba su nuevo disco – acompañado también por Jose – baterista de esa enorme banda – pienso en los conciertos a los que fuimos juntos, la música que escuchábamos, la música que hacíamos, los libros que leíamos, las conversaciones apasionadas, las risas, los viajes en carretera, las películas que veíamos, las fiestas que no acababan. Todo eso que compartimos. Si las cosas hubieran sido distintas seguramente a José Luis le hubiera gustado estar por aquí en el estudio.

    Desde algún sitio te imagino sonriendo. Había que jugársela. 

    Gracias por todo, Bob.

  • Valencia

    El domingo por la tarde llegamos a Valencia. Habíamos tomado el tren de las doce desde Barcelona. A la estación llegamos dos horas antes. Una señora que bajaba las escaleras nos dijo “no hay trenes, se robaron el cobre”. Luego supimos que era día de elecciones. Habrán intentado sabotearlas. Ríos de gente corriendo de un lado a otro, gente que se quedaba sin tren, sin votar, sin poder salir de la ciudad. Como sea nosotros cogimos nuestro tren a Valencia. Llevamos aquí tres días. En la oficina me lo advirtieron, algunos amigos también, y me ha pasado: no quiero volver a Australia, quiero quedarme aquí.

  • The sane society

    Vuelvo a leer a Fromm. Lo leí en la universidad la primera vez. Sobre la desobediencia. El miedo a la libertad. El arte de amar. Psicoanálisis de la sociedad contemporánea: hacia una sociedad sana. Mi favorito era Del tener al ser. 

    De ese libro hablábamos mucho Daniel y yo. Nos emocionaba mucho platicar y pensar en otras formas de convivencia, de comunidad. 

    Aquí en Sydney seguido me encuentro libros en las calles. También en Street Libraries, que son cajas que algunas personas ponen fueras de sus casas para que la gente done e intercambie libros. Así es que ahora vuelvo a leer a Fromm. The sane society.

  • Un norte

    A finales del año pasado – ya no me acuerdo bien en realidad cuándo – estuve grabando un par de canciones nuevas con Blain en Rancom St Studios. Había un piano negro muy bonito. Terminábamos de grabar ya tarde. Una noche, al salir, el viento soplaba muy fuerte. Me acorde de una vez en Veracruz. Estábamos de paseo, había un norte y el viento era tan fuerte que no dejaba que papá cerrara la puerta del auto. Llovía. El cielo y el mar rugían.

  • Un balance

    Cuando tomas algo que en realidad no necesitas, puedes tener la seguridad de que alguien más realmente lo necesitaba. Pensemos bien en lo que necesitamos: a todos nos toca estar del otro lado de la balanza y el equilibrio es inevitable.

  • Una tarde

    Una tarde, cuando yo todavía vivía en la colonia Nápoles de la Ciudad de México, B. fue a visitarme. Nos sentamos a platicar, ella en un sillón, yo en el otro. No recuerdo de qué hablábamos, pero en algún momento me entró una tristeza enorme. B. se acercó y me abrazó mientras yo lloraba. Sin soltarme, me dijo que a ella le gustaría sentir el mundo así, con esa intensidad. Hicimos el amor, y salimos a comer. Durante la comida no hablamos, nos mirábamos solamente, sonriendo. Antes de despedirnos, caminamos un rato por las calles tomados de la mano.

  • La madrugada se mueve

    Despierto.
    Cinco de la mañana.
    Aún está oscuro.

    Se oye el canto de los pájaros.
    Se oyen gritos también.

    Es un hombre.
    Y una mujer.

    El hombre grita:

    Fuck!
    Fuck!
    Fuck!

    La mujer solo grita
    como aullando.

    A lo lejos pasan
    algunos carros.

    Sigue oscuro.

    Junto a mí,
    escucho la respiración de Gemma.

    Mi corazón late
    y también lo escucho.

    Los gritos siguen.
    No sé decir si son gritos de
    dolor o de placer.

    Podrían ser ambos a la vez,
    me digo.

    Me pregunto.

    Una patrulla pasa,
    lleva la sirena encendida.

    El auto se detiene en algún sitio.
    La sirena se detiene también.
    Los gritos no.

    Los gritos siguen:

    Fuck!
    Fuck!
    Fuck!

    Siguen también los aullidos,
    sigue el canto de los pájaros,
    la respiración de Gemma,
    mis latidos.

    La madrugada se mueve
    con lentitud,
    violencia
    y frío.

  • Sichuán

    Estaba por quedarme dormido cuando Gemma me preguntó si yo también tenía el estómago revuelto. Habíamos cenado una pasta con chícharos, queso parmesano y tres tipos de pimienta molida: negra, blanca y sichuán.

    La primera vez que probé la pimienta sichuán fue en un restaurante en la ciudad. No recuerdo el nombre pero me vienen a la mente estas palabras:

    town
    luxe
    fix
    devil
    red
    fire
    fish
    blood
    mafia
    dark
    mesas
    redondas

    No me había dado cuenta pero parece ahora pienso más inglés que en español. Me molesta un poco eso aunque no sé bien por qué.

    El mesero nos advirtió que era un platillo especial y alguien en la mesa se rió. Supuse que ya lo había probado antes. Un pescado blanco con pimienta sichuán. Al morder las pimientas se siente un cosquilleo en la lengua, más que como si se quemara, es como si se durmiera.

    numbs
    your
    tongue

    Hay otro restaurante, el Hong Kong Cafe, en donde sirven un platillo de cerdo molido con hongos, tofu y pimienta sichuán. Junto a ese lugar hay un mercado de comida asiática. Ahí fue donde compramos un paquete de pimienta sichuán que usamos anoche para la pasta con chícharos y queso parmesano.

    Le dije a Gemma que no, que no tenía el estómago revuelto y me di la vuelta para acomodarme mejor. Casi siempre duermo de lado, hacia la ventana. Me concentré en sentir el estómago: cuando me di cuenta de que comenzaban movimientos extraños en mis intestinos, me quedé dormido y ya no pude decirle a Gemma nada.

    Eran las tres de la mañana cuando desperté sudando.

    Solo dos horas después pude volver a quedarme dormido. Soñé que alguien me compartía una barbacoa echada a perder. 

  • Waiting

    –Are you waiting for me?
    –No, I’m waiting for me.

  • Mala hierba

    Ayer el nivel del agua estaba muy bajo. Si me asomaba por el muro que separa el parque del mar y miraba hacia abajo, podía ver la arena y las piedras en el fondo. He notado que cada vez que el agua baja así, al día siguiente llueve, aunque el pronóstico del tiempo anuncie un día asoleado. Y sí, se pronosticaba un día así para hoy, con sol, pero fue gris, con mucho viento y cayó la lluvia.

    Esperé a que dejara de llover, me puse una chamarra y salí. Me encontré con Helen en la puerta. Ella hablaba por teléfono, sonrió y me dijo thanks Abel cuando le abrí la puerta para que entrara al edificio.

    Fui a la biblioteca a recoger un libro que me recomendó Luke. En el camino me encontré en la calle un tomo de la primera edición de Hello Mr Magazine. Lo puse en mi bolsa junto con el libro. Ya no llovía, pero el viento seguía soplando fuerte y frío.

    Al bajar la calle de regreso a casa, me volví a encontrar con Helen, ella iba al cine. Empieza un festival de cine italiano. Me contó que ayer fue a ver Late Spring, una película japonesa de los años cincuenta. Beautiful, me dijo. Nos despedimos.

    Hace dos semanas le pregunté a Nicole, la encargada de despacho en el vivero, qué cosa en realidad es la mala hierba. Su abuela le dijo que la mala hierba es la planta que crece en el lugar equivocado. A la semana siguiente, Nicole aceptó un puesto en otro departamento. Esa misma semana yo tomé un avión a Pottsville para grabar un par de canciones en el estudio de Luke. El miércoles por la mañana le marqué a mi jefa en el vivero y renuncié.

    Ha empezado a llover de nuevo mientras escribo esto.

  • Tú ya vete

    Nos despedíamos. Sabíamos que aquella sería una de tus últimas noches con vida, te lo habrían dicho los doctores. Estabas ebrio y contento. Estábamos en tu casa, que no era realmente tu casa pero siempre que sueño contigo te sueño en esa casa o en una parecida, pero nunca en la que fue realmente tu casa, nunca en la casa en donde en realidad moriste al caer por esas escaleras que bajamos y subimos tantas veces sin sospechar nunca que un mal día te traicionarían sus peldaños. Los peldaños, o tus pies, o tus piernas, o tu cuerpo cansado, o tu hartazgo, o tu infelicidad, o la noche, o el frío, o la fiesta. Estabas solo cuando caíste, nunca sabremos bien cómo fue que terminaste tus días al pie de esas escaleras. Ahora cada vez me importa menos saberlo.

    Pero en esta otra noche soñada, cuando nos despedíamos estabas ebrio y contento en esa casa, en esa otra casa, y me decías, como siempre me decías, todo va a estar bien, tú ya vete.

    Al abrir la puerta para salir, veíamos a tres prostitutas sentadas en una banca, bajo la lluvia. Una de ellas te decía yo estoy demasiado vieja para ti, pero ellas se van contigo. Las tres chicas se reían, tú te reías también con tus ojos rojos y lentos, y las invitabas a pasar. Tú ya vete, me decías mirando hacia arriba – hacia ningún lugar – mientras las chicas te desnudaban.

    Al día siguiente regresé a verte a esa casa, a esa otra casa. Seguías con vida. Estabas todavía ebrio y contento y tus ojos aún sonreían.

    Al despertar, sentí el vacío.

  • Stay away

    Los sábados voy al súper a las siete de la mañana. A esa hora no hay nadie salvo la gente que trabaja en la tienda. Acomodan las frutas y las verduras. Algunos anaqueles están aún vacíos. El estacionamiento estaba vacío también. Al subir las escaleras me acordé de una película en donde uno de los personajes dice que quiere irse a vivir a una montaña y poner un letrero que diga “stay away”.

    Disfruto mucho la compañía de algunas personas, pero también disfruto mucho la soledad. Las ciudades vacías.

  • Otras cosas

    Quería dedicarme a escribir. Novelas, cuentos. No sé exactamente qué, pero escribir. Publicar más bien. Pensé que sería buena idea comenzar una revista, escribir y publicar ahí.

    Abrí la revista y trabajé en ella alrededor de diez años. Conocí mucha gente. La pasé bien. Escribí, pero muy poco. Casi no publiqué, ni en la revista ni fuera de ella. Una editorial pequeña publicó un libro con textos míos. Un libro mediocre, aburrido. Me gusta el título – Cerdos – y el primer texto – una lata de duraznos en almíbar. Lo demás es basura.

    No quiero que me vuelva a pasar lo mismo ahora. Quiero escribir más. Hacer canciones. Quiero me pasen otras cosas.

  • Hope

    – Are we still talking about anal sex?
    – Yeah, I hope so.

  • Terrible monstruo hermoso

    Durante cuatro o cinco años viví en un departamento en la colonia Del Valle de la Ciudad de México.

    La calle, División del Norte.

    Abajo, el restaurante “Mil Salsas”. Ahí comía enchiladas de mole. Atendían unas señoras agradables y platicadoras.

    Arriba, o más bien encima, una antena gigante de alguna compañía de teléfonos. A veces, sentado en el sillón, me quedaba mirando al techo pensando en el peso de la antena. Y en los temblores.

    Al lado, el vecino hacía fiestas muy seguido. Decía que era DJ. Los días después de las fiestas, las escaleras estaban pegajosas y el pasillo olía a ebriedad. Varias veces los demás vecinos firmaron cartas para echarlo del edificio. Eventualmente las escaleras recuperaron su brillo y suavidad.

    En frente, un amigo abrió un restaurante de tacos pero el negocio no prosperó, no sobrevivió. Mi amigo, tristemente, tampoco.

    También en frente, una noche estacioné el auto y a la mañana siguiente el vigilante tocó el timbre para avisarme que alguien se había robado las calaveras. No había mucho por hacer. Desayunar, tal vez, aunque sin hambre.

    Afuera, el tráfico, el humo, las luces, los gritos, la construcción, la destrucción, el caos, los colores, la vida.

    A veces extraño a ese terrible monstruo hermoso, la Ciudad de México.

  • Sin movimiento

    El agua es un lienzo gris. Lisa, sin olas. Una enorme nube gris cubre el cielo. Cae la tarde, no está oscuro todavía, aunque no veo el sol por ninguna parte.

    No oigo a los pájaros, no ladran los perros. Nadie camina por aquí.

    Recojo una piedra y la tiro al mar. Sin romper la tensión del lienzo gris, la piedra se hunde, el agua la absorbe, la traga sin masticar. La piedra, al atravesar la superficie, no provoca olas. Nada, no hace ni un ruido.

    Tiro otra piedra al mar.

    Otra.
    Otra.

    Otra.

    Nada.

    Regreso a casa. O eso quiero pero al empezar a caminar siento un peso sobre mi cuerpo.

    Es el gris, su peso.

    Me detengo. Me quedo quieto. No miro nada en especial. Sigue cayendo la tarde. O eso creo.

    Parpadeo.
    Respiro, pero lento.

    Como la piedra atravesando el mar, atravieso el tiempo en silencio. Sin movimiento.

    Aquí estoy.
    Aquí sigo.

    Hay días en los que parece que no pasa nada.

  • Algunas cosas son mentira

    Comemos con calma.
    Nos miramos.

    No nos miramos, pero
    comemos con calma.

    Hablamos.

    Luego no hablamos.

    Pásame el agua,
    es de mango.

    Es mentira.

    Algunas cosas son mentira.

    No sé cuáles.

    No debiste haber tomado el agua así,
    tan de prisa.

    El estómago vacío,
    el agua cae
    pesada.

    Los mangos,
    la pulpa,
    el azúcar.

    Algunas cosas son mentira.

    Vámonos.

    Nos vamos.

    No nos vamos.

    Luego siempre

    nos fuimos,

    con calma nos fuimos
    con calma.

    Dejamos los platos sucios
    sobre la mesa y
    nos fuimos.

    Renunciamos, no pudimos
    mirarnos mientras
    mentíamos.

    Algunas cosas son mentira.

    Otras no.

  • En la alacena

    Hace dos meses encontraron una lata de duraznos en almíbar en la alacena.
    La abrieron.
    Los duraznos estaban podridos.

    Ayer volvieron a encontrar otra de esas latas de duraznos en almíbar en la alacena.
    Por si las dudas, no la abrieron.
    La dejaron ahí.

  • Viaje a Rusia

    La semana pasada, Bogart viajó a Rusia y probó el helado de guanábana. Era la primera vez que probaba el helado de guanábana. Era también la primera vez que viajaba a Rusia.

    De regreso en casa, Bogart habló con Gogó acerca del helado de guanábana. También habló de Rusia. El helado de guanábana y Rusia.

    Bogart relataba su viaje a Rusia, Gogó escuchaba. Bogart hablaba lento, Gogó escuchaba lento. Bogart describía poco a poco, Gogó miraba todo.

    Al hablar, Bogart regresaba a Rusia. La forma en que Bogart contaba y la forma en que Gogó miraba lo hacían volver a Rusia.

    Bogart volvía a Rusia.

    Gogó sintió el frío que se siente en Rusia, olió el aire que se huele en Rusia, tocó la tierra que se pisa en Rusia, oyó la lengua que se habla en Rusia, y miró las casa de las ciudades rusas.

    Lo mejor sin duda, fue probar el helado de guanábana. Un sabor tan extraño y diferente a todo lo que antes había probado. Bogart salivaba mientras le contaba a Gogó del helado de guanábana. Gogó sintió la boca húmeda, la lengua fría, el helado de guanábana bajando por su garganta.

    La semana pasada, Bogart viajó a Rusia y probó el helado de guanábana. Era la primera vez que probaba el helado de guanábana. Era también la primera vez que viajaba a Rusia.

  • Tiro del hilo

    Escucho la voz de un amigo.
    De mi abuela.
    De alguien que no conozco.
    De alguien que no ha existido.

    Una voz tejida por varias bocas.

    Tiro del hilo.

    Las palabras se descosen.
    Dicen cosas que nunca he oído.
    Cuando dejo de tirar del hilo se detienen.
    Se llena todo con un silencio que lastima.

    Tiro del hilo.

    De nuevo la voz,
    las voces.
    Fluyen,
    fluyen,
    fluyen.

    Quiero decir algo,
    no sé qué.

    Pienso en algo y las voces se detienen.
    El silencio vuelve a llenarlo todo.

    Dejo de pensar y
    tiro del hilo hasta quedarme vacío.

  • Se terminaba la noche

    Anoche tocó Pavement aquí en Sydney. El concierto se anunció el año pasado pero no compré boletos porque tenía planes de viajar México en estas fechas. El viaje se pospuso y cuando me acordé de lo de Pavement ya no había boletos.

    En Instagram, un amigo publicó fotos del concierto y las acompañó con el título de una biografía de la banda: “perfect sound forever”.

    Hace dos años se anunció el concierto para El Mató a Un Policía Motorizado en la Ciudad de México. Compré cuatro boletos porque esa vez iba a ir a México con Gemma, Meredith y Joel.

    Conocí a las dos bandas, a Pavement y Él Mató, por Bob. O Boba, depende, aunque no sé bien de qué, pero a veces es Bob y otras Boba.

    En las fiestas en casa de Boba, cuando Boba todavía vivía y yo vivía en México, hace más de ocho años, seguido poníamos el video de “Más o menos bien”. Después poníamos otras canciones pero de alguna manera todas conducían siempre a “El triste” de José José. Era la señal de que la fiesta llegaba a algún lugar que conocíamos desde hace tiempo. A un precipicio:

    Se iban los amigos.
    Llegaban otros.
    Se terminaba la comida.
    Se improvisaba.
    Se rompían los vasos al caer al suelo.
    Surgían, de la nada, más botellas.
    Se atropellaban las canciones unas a otras.
    Se abrían libros, se mojaban.
    Se leían poemas.

    Se llenaba
    la casa
    de humo,
    risas,
    bailes.

    Se terminaba la
    noche.

    (Hice aquel viaje a México, el de hace dos años, solo. Daniel me acompañó a escuchar a Él Mató. Junto a nosotros quedaron dos lugares vacíos.)

  • Nieblas oscuras felizmente abundantes

    Encontré en una novela que leí cuando tenía catorce o quince años, un rezo que hacían los sacerdotes de una tribu para pedir que lloviera. Anoté el rezo en un pedazo de papel, lo doblé y lo metí en mi cartera.

    Esperé a que llegara un día sin nubes, de cielo azul y sol. Saqué el pedazo de papel:

    ¡Oh, divinidad masculina!
    Con tus mocasines de nube oscura, ven a nosotros,
    con el rayo zigzagueante volando en lo alto, sobre tu cabeza, ven a nosotros,
    encumbrándote.
    Deseo que con ellos llegue la espuma flotante sobre el agua que inunde las raíces del grano verde,
    deseo nubes oscuras felizmente abundantes,
    deseo nieblas oscuras felizmente abundantes,
    que vengan contigo, y que felizmente madure mi grano azulado, hasta los confines de la tierra.

    El cielo se oscureció y se escucharon truenos. Me emocioné.

    Volví a esperar otro día soleado. Cuando llegó, estaba con una amiga en una lancha de remos cerca de la orilla del mar. Saqué el papel de mi cartera.

    Unas horas más tarde, vimos la lluvia caer en silencio.

  • Personajes

    T. escribió un cuento en donde yo era el personaje. Conforme se desarrollaba la historia, el lector se iba dando cuenta que en realidad era Abel quien escribía el cuento y T. era el personaje.

    En esos días leíamos a Paul Auster.

    Después de varias novelas, yo dejé de leerlo.

    Un día T. me preguntó si prefería amar o estar enamorado. Me explicó cuál era la diferencia, y recuerdo que no me quedó clara.

    Nos hacemos ideas de cómo, o de quiénes son las demás personas. Construimos personajes a partir de nuestros deseos y proyecciones. Y el final de la historia siempre resulta decepcionante.

  • Cierta alegría

    Leí que una fotógrafa puso bajo un microscopio muy potente las cenizas de su padre recién fallecido. Se veían galaxias, gases, nubes, estrellas, planetas.

    Me gusta pensar que todo es una especie de fractal y que, si nos acercamos suficientemente a algo, nos vamos a encontrar a nosotros mismos acercándonos a algo, observándonos a nosotros mismos acercándonos a algo, observándonos a nosotros mismos.

    Y lo mismo, supongo, sería si nos alejamos lo suficientemente de todo: terminaríamos en el mismo lugar en donde empezamos.

    Pensar que esto es así me provoca cierta paz. Incluso, cierta alegría.

  • Dejé de leer las noticias

    Hoy por la mañana salí a caminar. Pasé junto a una escuela, algunos niños jugaban básquetbol. Cuando iba en primero de primaria, un niño de mi clase se paró frente a otro, le preguntó ¿cuál es la ley de Tejas? y le soltó un rodillazo en los huevos. Que te lo protejas, él mismo le contestó mientras el otro se retorcía de dolor.

    Unos años más tarde, cuando yo iba en secundaria, el compañero que se sentaba junto a mí me pidió prestado mi reloj. Se lo presté y cuando me lo devolvió, las manecillas ya no se movían. Él sonreía. El tiempo, obviamente, no se había detenido, pero sentí que algo había cambiado en el mundo. En mi mundo.

    Escuchando a Guillermo Arriaga en una entrevista, él decía –o recordaba que alguien había dicho– que todos, absolutamente todos, hemos cometido actos que no merecen menos de cinco años de cárcel. Yo ayer dejé de leer las noticias. Era lo primero que hacía por las mañanas. Leer las noticias. Sobre todo noticias de México, del juicio, de la oposición, de lo que dice, o no dice, o hace o no hace, el presidente, del 2024, del tren, del aeropuerto, de los globos que nos espían, de los aliens que nos visitan.

    Seguí caminando y vi, sobre la banqueta, a unas cuadras de la escuela donde los niños jugaban básquetbol, un ejército de moscas volando alrededor del cuerpo de una paloma muerta. Me pareció que se comían los ojos de la paloma. Así es esto, supongo.

  • Me siguieron hasta la cocina

    La entrevista no empezaba hasta las dos y media de la mañana pero yo me desperté a las dos, veinte minutos antes de que sonara la alarma que había puesto anoche.

    Antes de despertar, estaba soñando que ya era la hora de la entrevista y que me salía del cuarto sin hacerle ruido a Gemma. Cerraba la puerta e intentaba prender las lámparas que están junto al sillón. Las lámparas no prendían, ninguna. Me entretuve un rato con los interruptores y sonó el teléfono. Era Pipe. Quería platicar de cómo iban quedando las mezclas de las demás canciones. Por fin pude prender una luz: la del baño. Me senté en la tina junto a un grupo de hormigas. Ahí sentado, supe que tendría otra entrevista en ese mismo momento: la plática sería con Randy, el baterista de Molotov. Sonó el teléfono de nuevo. En la cocina comenzó a tostarse el pan, podía olerlo desde donde estaba. Así que fui a la cocina y Gemma, ya despierta, me preguntaba por las lámparas, que por qué siempre recojo lámparas abandonadas en la calle, que cuándo voy a dejar de hacerlo, que quizá ya tengamos suficientes. Yo miraba a las lámparas que ahora estaban prendidas, todas. Con tanta luz, pude ver que las hormigas me siguieron hasta la cocina, probablemente ellas también olieron el pan tostándose.

    Terminé por despertarme. Miré el teléfono para ver la hora. Eran las dos. Salí del cuarto, sin hacerle ruido a Gemma, cerré la puerta y me acerqué a las lámparas que están junto al sillón. Funcionaban, todas. En lo que daban las dos y media, leí algunas páginas de “El entenado” de Juan José Saer. Voy en esa parte en la que los indios cocinan los cuerpos de los marineros y festejan comiendo carne humana, bebiendo y dejando que la noche, el deseo, el placer y el dolor los lleve hasta lugares extremos. Hice el libro a un lado y me comí la mitad de un plátano con un poco de crema de cacahuate. Sonó el teléfono.

    La entrevista terminó a las tres de la mañana. Regresé a la cama. Tardé un par de horas en quedarme dormido. A las seis me despertó otra llamada, era mi abuela. Quería contarme que mamá estaba cocinando un lechón pero que se le había echado a perder. Se le pudrió la carne, dijo. La tuvieron que tirar y cocinar otra cosa, empezar de nuevo. A veces así pasa, supongo.

    Ahora son las siete de la tarde y tengo sueño. Es viernes, vamos a cenar pizza y hoy sale gratis: después de haber comprado nueve, te regalan la pizza número diez. También te regalan una en el mes de tu cumpleaños. Falta un poco para el mío. La semana pasada, después de comer, usé la caja de pizza como sombrilla para correr hacia al auto bajo una lluvia intensa que no ha parado por días. Hasta ayer. Hoy tampoco llovió. Pensé en ir a la playa y nadar pero leí que el agua del mar, con tanta lluvia, podría estar contaminada. Igual salí a caminar y tomé un poco el sol. Hacía un viento frío. El verano, parece ser, terminó.

  • Casi

    –¿Pudiste ver el cometa anoche?
    –Casi.

  • Quizá fueron los grillos

    Preparé una crema de zanahorias para cenar. Después de cenar fuimos a caminar. Eran las once de la noche cuando volvimos. Nos acostamos, apagamos la luz. Con el estómago lleno me cuesta trabajo dormir. Cuando sentí que por fin iba a lograrlo, la cama de los vecinos empezó a golpear contra la pared: ella gemía, él no tanto. Hace unos días me encontré con la vecina en las escaleras. Me dijo que desde su departamento me había escuchado cantar y que le gustaban mis canciones. Le dije que me daba mucho gusto saberlo y que si el volumen de la música estaba muy alto que por favor me avisara. Dijo que no, que al contrario, que le gustaría escuchar más.

    Cuando la cama dejó de golpear, quedó ya solamente el ruido de los insectos. Pensé que podrían ser las cigarras pero las cigarras no cantan de noche. A ellas les gusta el sol, cantan cuando llega el verano, un verano que este año es de mentiras. Hace dos días el cielo estaba sin una nube, era la tarde perfecta para tomar un poco el sol. Llegué a la playa y me senté sobre la arena sintiendo la fuerza del viento helado en la piel. Igual me acosté e intenté leer el libro que llevaba. Al poco tiempo empezó a bajar más la temperatura y el viento a soplar más fuerte. Cerré el libro y me fui de regreso a casa. Una amiga que vive en Barcelona me dice que el verano allá fue igual, un chiste. Espero que el próximo año el verano, entre otras cosas, sea diferente.

  • Rescatar

    Me gusta rescatar objetos que encuentro abandonados en la calle. Mis favoritos son

    libros
    sillas
    lámparas

    Un día recogí un tapete, unas macetas y unos muebles que quedaron bien como libreros. Otro día encontré una guitarra y es la que uso para escribir algunas canciones nuevas.

  • Todo se asoma

    Todo se asoma. La planta. Las sillas. La cama. Una almohada. Los libros que recojo en las esquinas de esta ciudad fría. Las cobijas que se pelean con el calor de los cuerpos.

    Todo. La luz. La mañana. La quietud. También la noche. La lluvia. Todo se asoma. Salvo la música.

    La música no se asoma. Invade, vigila. Acompaña. Está. Aquí, la música, en todas partes, en las habitaciones, en todas, en todo.

  • Los más viejos

    Salgo a caminar por las mañanas. La mayoría de las personas que veo en el camino llevan lentes oscuros. En el parque, siempre pasar un señor que saluda a todos los que cruzan con él. Good morning. Good morning. Good morning. Buenos días, le contesto.

    Los perros que pasan me voltean a ver, algunos me sonríen. Los más viejos.

  • Algo hay en eso

    Recuerdo de hace seis años, unos meses antes de partir sin saber que no volvería.

    Estoy fumando un Delicado en el balcón del departamento donde vivía. Andrea vino de visita y me toma una foto. Detrás de mí, está el árbol que crece gigante, sus ramas casi se meten por la ventana, me abrazan. Cuando llueve, el agua entra a la casa, también entran las arañas.

    Por la ventana del departamento donde ahora vivo se pueden ver árboles también. Algo hay en eso, en mirar los árboles descansando, agitándose, extendiéndose, según el día.

  • Se dobla

    Se dobla el mar algunas veces.

  • Un puente sigue ahí

    Durante algunos años, mi hermano Abraham y yo hacíamos música todos los días. Hacíamos covers y también intentábamos componer nuestras propias canciones. Sobre todo improvisábamos. Todos los días, él a la batería y yo a la guitarra, al bajo y a la voz.

    Fuimos construyendo un lenguaje, tocar era como platicar, usábamos notas y ritmos en lugar de palabras. He encontrado también esa forma de comunicarme y conectarme en la improvisación con otros músicos, pero nunca tan fuerte como con Abraham.

    Hace poco vino a Sydney. Yo tocaba con mi banda en un pub y en la última canción lo invitamos a que él tocara la batería. A pesar de no haber tocado juntos quizá desde hace diez años, ese momento fue mágico, como siempre. Me dio gusto saber que ese puente que construimos sigue ahí. Ojalá pronto volvamos a coincidir.

  • Persiguiendo el calor

    Dany me toma unos retratos para mi disco “De vuelta en casa” en una casa que no es mi casa y entre animales que parecen estar vivos pero no lo están. De este lado del mundo termina el invierno, sale el sol pero el frío permanece. Y la verdad es que en ningún lugar termino por sentirme en casa. Tal vez así es esto. Habrá que seguir buscando, persiguiendo el calor.

  • Sistema de poleas

    Olvidemos la poesía. Nada existe sin un buen sistema de poleas.

  • Anarquistas

    No, no somos anarquistas, solo somos gente solitaria.

  • Una pausa

    A Courtney Barnett la vi tocar en vivo en el Taronga Zoo en Sydney. Yo tenía mi boleto avión para regresar a México dos días antes del concierto, así que atrasé mi vuelo una semana para poder verla. Esa fue la primera vez que atrasé el vuelo que hasta ahora no he tomado. Han pasado cinco años.

    La segunda vez que lo atrasé fue por un concierto de los Pixies. Luego conocí a Gemma y fuimos juntos al concierto de Godspeed You Black Emperor! Para mi cumpleaños, David me invitó a ver a Paul McCartney en el estadio. Ya entonces yo estaba tocando también en algunos pubs de Newtown y Marrickville. El boleto de regreso a México se fue perdiendo entre todos esos boletos de conciertos a los que fui. Pero el de Courtney fue el primero.

    Recuerdo que eran tres personas en el escenario. Me impresionó la fuerza de su guitarra y la facilidad aparente con la que ella cantaba. Todo parecía estar en su lugar mientras iban de una canción a otra. No sé si tocaron esa canción que estoy escuchando ahora. Lo que sí sé es que en este entonces, hace cinco años, yo necesitaba una pausa. Necesitaba alejarme de todo. Y aunque extraño mucho a mi familia y a mis amigos la verdad es que, a diferencia de hace cinco años, todo parece estar en su lugar. Por lo menos esta mañana.

  • Justo hablábamos del fuego

    Justo antier hablábamos del fuego. Raúl nos contaba cómo un día casi provoca un incendio en la sala su casa al estar experimentando con su técnica de pintura límbica prendiendo fuego sobre un lienzo cubierto de cera y resinas. Una técnica que después de cinco años de experimentación, Raúl ya domina. Quiero pensar que es un dominio similar al que yo tengo sobre el arte de cocer frijoles. Un arte que practico todos los miércoles aunque esta semana lo hice en jueves: un error de cálculo que hoy viernes casi nos cuesta la vida a mí y a Gemma.

    Hoy viernes. Por la mañana me levanté, me preparé un té, puse a tostar un pan y cuando estuvo listo le unté mantequilla de maní y mermelada. Le ofrecí un pan a Gemma pero ella solamente desayuna café. Como todos los días, desayuné solo. Quedaban frijoles del día anterior y pensé en ellos. Había que calentarlos. Prendí la estufa, puse una a olla sobre la parrilla y eché aceite de coco en la olla. Una cucharada. Sonó el teléfono. Salí de la cocina, me senté en sillón y miré el teléfono: Michael Conroy. Es raro que mi suegro me marque.

    –Hello, Mike! How you doing?
    –Oh, sorry Abel, I must’ve called you by mistake.
    –Oh, no worries, mate. How are you anyways?
    –I’m fine. Look, I gotta go. But I’ll see you Sunday. Say hi to Gemma for me. Bye.

    Una llamada breve y amistosa, aunque suficiente para que la cocina se llenara de un humo espeso: de la olla brotaban flamas gordas y encabronadas que bailaban al ritmo de la muerte. ¿Qué había dicho Raúl que hizo cuando el fuego por poco toma control en su casa? Que echarle agua al fuego y a la cera es explosivo. No había que hacer eso. Había que esperar a que el fuego se consumiera. O esperar a que el fuego lo consumiera todo. La semana pasada Gemma y yo pedimos un descuento en la renta del departamento en donde vivimos, no parecía buena idea esperar a que el fuego lo consumiera todo.

    –Gemma, I need some help here!!!
    –I’m coming, what’s going on– WHAT THE FUCK!!!
    –Quick! Get the fire extinguisher!!
    –BLOODY FUCK!! BLOODY FUCK!!

    Un diálogo también muy breve. ¿Será algo que llevan en la sangre los Conroy? Gemma y yo salimos del departamento y bajamos por el extintor. Cuando volvimos al departamento ya teníamos visitas en la sala: la vecina del 7 sugería que intentáramos apagar la alarma del detector de humo pegándole con una escoba; la del 2 trajo su aspiradora to suck up the smoke. La del 4 llegó después y solamente se asomaba por la puerta. Sentado en el sillón, el vecino del 8 nos entretenía con su historia de cuando a él le pasó algo así el día que cocinó tocino. You know how flammable bacon is. Gemma y yo intentábamos entender cómo usar el extintor. El humo no nos dejaba ver. El sol había dejado de brillar para nosotros. Se nos vino la oscuridad total. Todo parecía llegar al final pero hay cosas que en el fondo siempre sabes: ese no era nuestro momento.

    El instinto de supervivencia se activó y Gemma y yo cubrimos la cocina con la espuma blanca que salía disparada del tanque rojo al apretar la palanca gigante. Las vecinas se regresaron a sus departamentos. Tosían y llevaban los ojos rojos. Parecían un tanto decepcionadas. El humo se quedó a hacernos compañía durante el resto del día. Gemma se tomó una siesta. Yo seguía con hambre. Me serví los frijoles en un plato y descubrí que puedo disfrutarlos también si están fríos. Desde el sillón contemplaba la pared que tenía en frente: sobre aquel lienzo, el humo había pintado un cuadro negro que daba la impresión de que podría succionar todo lo que hubiera a su alrededor en cualquier instante. Me apresuré a terminar de comer. Mientras comía, recordé que, además del fuego, Raúl habló también de las técnicas secretas de Mark Rothko. De eso y de la revolución del estofado de pescado. Por suerte ese día no hablamos de Dalí.

  • El taladro vuelve

    El letrero preguntaba si pudieras cambiar algo en el mundo, ¿qué cambiarías?

    Estoy intentando escribir pero no logro concentrarme. A través de la ventana veo al señor que lleva toda la mañana taladrando el pavimento. La ventana está cerrada y aún así el ruido es insoportable. El señor lleva una protección en los oídos, unos audífonos gigantes. También lleva puesto un casco, unos lentes, guantes, botas y un chaleco de color naranja.

    Imagino que todos en algún momento hemos querido que aquello que nos rodea sea distinto. No mejor ni peor, a veces solamente diferente. Quizá lo ideal sería llegar a una especie de estado zen y poder encontrar la belleza en todas partes. ¿Pero es esto posible? Seguro que por momentos lo es, lo que no creo que sea posible es permanecer de manera definitiva en ese estado.

    El señor del taladro hace una pausa para fumarse un cigarro. Yo aprovecho el silencio para pensar.

    ¿En dónde está la línea entre la aceptación y el conformismo? ¿En dónde está el balance entre el optimista y el idealista? ¿Estamos hablando de resignación? ¿De qué estamos hablando? Pienso que, de tener la posibilidad, todos cambiaríamos algo en nuestro entorno. ¿Quién realmente puede pensar que todo está bien, todo está en su lugar? ¿Alguien que se ha rendido? ¿Alguien que ignora?

    El taladro vuelve, el silencio desaparece. Nada permanece. El cambio no es posibilidad sino condición de vida. La pregunta entonces está mal planteada. Yo preguntaría más bien ¿cómo transformas al mundo con lo que haces? Ahora regreso, voy a abrir la ventana.

  • Satisfecho

    No recuerdo bien cómo es que di con esa canción. Lo que recuerdo bien, porque me propuse a no olvidarlo, es la frase de la letra que dice “la próxima vez que levantes las cejas de incredulidad, que sea al mundo y no a mí”.

    Una amiga después me preguntó si conocía la versión original de la canción: la de Nueva Vulcano. No la había escuchado. La busqué y la escuché. Me gusta más la versión acústica de The New Raemon. Me pasó igual con “Hurt” de Johnny Cash, que en realidad no es de Johnny Cash sino de NIN: durante mucho tiempo pensé que la versión de NIN era un cover de la versión acústica de Cash. Me imagino que no fui la única persona que pasó por esto.

    En fin, no sé bien de qué trata la letra de “Te debo un baile”, pero escucharla me hace sentir triste, sobre todo cuando canta esa frase. A veces pongo la canción en el auto, espero a que llegue la frase, y con la frase llega también la tristeza. Y yo me quedo contento y satisfecho. Y cuando termina la canción, la pongo de nuevo. Y así sigo todo el camino hasta llegar a donde sea que vaya.

  • Lo hago con el corazón

    Cuando estudiaba en la universidad, leí las piezas “La cantante calva” y “Las sillas” de Eugène Ionesco para la clase de Bob. Después en la biblioteca encontré “El porvenir está en los huevos”. Nunca me había reído tanto leyendo algo. Tomé el libro del estante y me acomodé en un sillón más o menos cómodo, entre el silencio y los pasillos repletos de libros. Conforme pasaba las páginas, se volvió inevitable: no podía dejar de reír, tampoco podía parar de leerlo. El encargado de la biblioteca me pidió que guardara silencio pero ya nada podía hacerse. Los guardias me escoltaron a la salida. No volví a ser admitido en la biblioteca. Todavía conservo el libro.

    Recientemente empecé a escribir una novela, o algo parecido. Ayer leí uno de los borradores en los que estaba trabajando, se me salían las lágrimas de la risa en varios de los capítulos, pero sobre todo en la parte en que uno de los personajes le receta un acto de psicomagia improvisado a su amigo pero termina disculpándose:

    –Lo siento, es que soy nuevo en esto de la psicomagia, pero lo hago con el corazón.
    –Desde luego, lo he notado.

  • Cosas

    Apenas la semana pasada me había unido a la Sociedad de Poner Cosas Encima de Otras Cosas, y anoche me enteré de que se desintegró. En la junta del viernes –a la que yo tristemente no pude ir– uno de sus miembros demostró a los demás que nada hacía sentido. Y todos estuvieron de acuerdo.

  • Waverly Cemetery

    Acá estamos:

    entre las voces de los peces
    (que nadan),

    y quienes se han ido a la nada y nos pesan
    (a veces).

  • Un lugar distinto

    Xenia y yo éramos amigos en la secundaria. Una vez, casi terminando el recreo, Xenia me pidió que la insultara, que le dijera chinga tu madre, Xenia. Se lo dije y me contestó con una cachetada. No sé qué esperaba ella. Tampoco sé qué esperaba yo. Todo pasó muy rápido. Después de la cachetada nos fuimos atrás de las escaleras a besarnos.

    En esas mismas escaleras nos dimos muchos besos Miranda y yo, aunque nunca abríamos la boca. El día que intenté poner mi mano sobre una de sus piernas me detuvo, se levantó y se fue corriendo. Entendí que había llegado el final de eso que teníamos. A veces el amor dura tres días.

    Mi relación con Susan fue más estable: fuimos novios dos meses. Susan y yo nos besamos muy poco pero íbamos mucho al cine. Vimos Titanic juntos. Era 1997. Cuando se hunde el barco y James suelta la mano de Rose para dejarse ir al mar profundo, no dejé que mis lágrimas salieran. Porque lágrimas hubo, pero se me quedaron dentro. Ese placer, el de llorar a oscuras en la sala de cine, ya sea solo o acompañado, y llorar, sí, llorar por lo que sea que les haya pasado a los personajes, pero llorar también por uno y por lo que sea que esté pasando allá afuera, siempre hay algo cruel pasando allá afuera, ese placer, ese gran placer lo descubriría yo casi diez años más tarde.

    Hoy el aire no está tan pesado como ayer. Salió el sol. Cociné frijoles. A las vecinas les gusta cuando cocino frijoles: el olor viaja por todo el edificio. A mí me gusta cuando Gemma prepara el café y la casa huele a un lugar distinto. Los olores no me dejan pensar, me jalan de vuelta a la realidad.

    “Bueno, el pasado ya se fue, lo sé. El futuro no está aquí todavía, como sea que vaya a ser. Así que, todo lo que hay, es esto,” dice en algún momento el personaje de Bill Murray en Broken Flowers. “El presente. Nada más.”

    Decía yo: hoy el aire no está ya tan pesado como ayer. Gemma está preparando el café y puedo olerlo desde aquí.

  • El planeta se incendia

    Hoy el aire de esta ciudad está llena de humo. En algún lugar cercano se quema un bosque. Mi abuelo va a unirse a la Fuerza de Bomberos: lo operaron de la próstata el mes pasado y ha estado orinando con gran potencia.

    Cuando Bob aún vivía, le sugerí que leyera Las partículas elementales de Michel Houellebecq. Creo que es el único libro que le recomendé en los años que duró nuestra amistad. Es una de las novelas que he leído más veces. Mi memoria es selectiva. Cada vez que leo un libro que ya he leído anteriormente, puedo disfrutarlo como si fuera la primera vez. No miento. Exagero un poco.

    La nata densa y gris sigue invadiendo el aire. Me recuerda al lugar de donde vengo. También me hace pensar en China. El planeta se incendia. Quizá esto esté llegando a su fin. Esto sí lo recuerdo: la novela comienza en un tiempo después-del-ser-humano, habitan otros seres que –con algo parecido a lo que nosotros llamamos tristeza– hablan de los humanos y de las vidas que llevábamos en la Tierra.

    Es de esos libros que me hacen sentir acompañado. Cuando comencé a vivir aquí en Australia, conseguí un ejemplar de segunda mano. Se lo presté a James pero nos dejamos de hablar después de un pequeño altercado. No supe si lo leyó. No me lo devolvió así que la esperanza no ha muerto. Sé que Bob no lo leyó, cuando le preguntaba me contestaba que le daba flojera. Ahora ya es tarde.

    Houellebecq también sería un buen elemento en la Fuerza de Bomberos. Debe ser un experto en chispas, fuegos, humos y cenizas: nunca suelta el cigarro. Fuma uno tras otro. Chain-smoking, dicen aquí en esta ciudad. A lo mejor él provocó el incendio. O alguien que fuma como él. Si fue así, ojalá que por lo menos escriba novelas como las suyas. Me gustaría leerlas.

  • Me hubiera gustado eso

    Hoy tuve mucha comezón en la cabeza. Sospecho que agarré pulgas en algún lado. Probablemente fue en el parque cuando me senté en una banca a tomar el sol. Me pregunto si Robert Smith habrá tenido pulgas alguna vez: puedo imaginarlo rascándose la cabeza.

    Hace rato mordí un trozo de jengibre. Román me contó que su papá lo mastica cuando siente que se está enfermando. Lo mordí y lo escupí enseguida. Demasiado fuerte. Creo que tengo fiebre. Siento los ojos pesados.

    Si no hubiera muerto hace casi dos meses, hoy Boba cumpliría 45 años. Supongo que de todas formas sigue siendo su cumpleaños, sólo que él ya no está para festejarlo. «I’d like to see you try, I’d like to see you win the fight», dice la canción que escucho. A mí también me hubiera gustado eso. Feliz cumpleaños, Boba.

    Sigo rascándome la cabeza mientras intento quedarme dormido. Quizá sea más fácil esperar a que se duerman las pulgas primero.

  • Lamer la escarcha

    Intento salir a caminar todos los días. No sé por qué pero los domingos me cuesta más trabajo que el resto de la semana. De cualquier manera lo logré. Salí a dar un paseo al parque.

    Mientras caminaba, iba mirando el suelo y de pronto vi una piedra extraña. La levanté. Estaba tibia y olía a pescado. No era una piedra: alguien comió ostiones y olvidó la concha en el suelo. No me gustan los ostiones, pero por alguna razón me dieron ganas de lamer la concha. Lamía la concha y lo estaba disfrutando hasta que un perro salchicha se me echó encima. Me atacó por la espalda. Los dueños del perro tardaron un rato en controlar a la bestia.

    Hace más de diez años, cuando estudiaba en la universidad, Boba y yo no éramos amigos todavía, él era mi maestro de literatura. Para su clase, leimos Compañía, de Samuel Beckett. También leímos Esperando a Godot. Pero mi libro favorito de Beckett es Molloy. Recuerdo en especial la parte en donde uno de los personajes lame sus piedras. Ese libro lo leí hasta después de terminar la universidad. Entonces Boba y yo ya éramos muy buenos amigos.

    Cuando era niño y terminé de ver Dumb & Dumber, fui a la cocina, abrí el congelador y puse mi lengua en el cajón para lamer la escarcha. La lengua se pegó al hielo. Me quedé allí pegado un momento y luego me jalé hacia atrás para despegarme. Un trozo de mi lengua se desprendió y quedó pegado en el cajón. Había un poco de sangre. Me dio un escalofrío. Me sentí un poco decepcionado. Desde entonces solamente lamo objetos tibios.

  • Memoria selectiva

    Ayer hablé con mi abuela. Para ella –que está en México– era viernes por la tarde. Para mí –que estoy en Australia– era sábado por la mañana. En casa de los abuelos, los viernes son para brindar después de la comida. Sonaban las copas a través del teléfono. Mi abuela mencionó el nombre del vino con el que estaban brindando pero ya lo olvidé. Mi memoria es pésima, aunque recuerdo bien el día en que me dije a mí mismo: Abel, quizá lo mejor sea perder la memoria. Estudiaba la preparatoria. Un día después de clases, estaba platicando con Dana y de pronto se me vino ese pensamiento a la cabeza. Perder la memoria.

    Quizá no es tanto que se pierda sino que uno se hace más selectivo con lo que recuerda. No tienes mala memoria, tienes memoria selectiva, me dijo un día Daniel.

    Con Boba escuché por primera vez a Galaxie 500. Estábamos en su casa y puso When Will You Come Home. He escuchado demasiadas veces esa canción. La escuché tanto que ya no necesito escucharla más. Ahora prefiero oír Strange.

  • Un sonido agradable

    Voy caminando por la calle, bajando de un puente peatonal. A unos pasos de mí, veo una galleta de la suerte en el piso. Todavía está envuelta en su pequeña bolsa de plástico transparente. Me agacho a recogerla y me pregunto si la suerte que viene dentro de la galleta será mía o pertenece más bien a la persona que la dejó caer. Aunque no tengo prisa por llegar a alguna parte, no me entretengo demasiado en ese pensamiento.

    Abro la bolsa y parto la galleta en dos: no hay nada adentro, está vacía. Dejo caer la galleta al suelo y la piso. El sonido que hace al crujir bajo mis zapatos es agradable.

    Sigo mi camino con una ligera sensación de satisfacción y me pregunto ¿cuánto depende de la suerte? Tampoco le dedico mucho tiempo a este pensamiento.

    Antes de dar la vuelta en la esquina, volteo y alcanzo a ver unas palomas peleándose por los trozos de galleta que quedaron en el piso.