Una pausa

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A Courtney Barnett la vi tocar en vivo en el Taronga Zoo en Sydney. Yo tenía mi boleto avión para regresar a México dos días antes del concierto, así que atrasé mi vuelo una semana para poder verla. Esa fue la primera vez que atrasé ese vuelo que hasta ahora no he tomado. Han pasado cinco años.

La segunda vez que lo atrasé fue por un concierto de los Pixies. Luego conocí a Gemma y fuimos juntos al concierto de Godspeed You Black Emperor! Para mi cumpleaños, David me invitó a ver a Paul McCartney en el estadio. Ya entonces yo estaba tocando también en algunos pubs de Newtown y Marrickville. El boleto de regreso a México se fue perdiendo entre todos esos boletos de conciertos a los que fui. Pero el de Courtney fue el primero.

Recuerdo que eran tres personas en el escenario. Me impresionó la fuerza de su guitarra y la facilidad aparente con la que ella cantaba. Todo parecía estar en su lugar mientras iban de una canción a otra. No sé si tocaron esa canción que estoy escuchando ahora. Lo que sí sé es que en este entonces, hace cinco años, yo necesitaba una pausa. Necesitaba alejarme de todo. Y aunque extraño mucho a mi familia y a mis amigos la verdad es que, a diferencia de hace cinco años, todo parece estar en su lugar. Por lo menos esta mañana.

Justo hablábamos del fuego

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Justo antier hablábamos del fuego. Raúl nos contaba cómo un día casi provoca un incendio en la sala su casa al estar experimentando con su técnica de pintura límbica prendiendo fuego sobre un lienzo cubierto de cera y resinas. Una técnica que después de cinco años de experimentación, Raúl ya domina. Quiero pensar que es un dominio similar al que yo tengo sobre el arte de cocer frijoles. Un arte que practico todos los miércoles aunque esta semana lo hice en jueves: un error de cálculo que hoy viernes casi nos cuesta la vida a mí y a Gemma.

Hoy viernes. Por la mañana me levanté, me preparé un té, puse a tostar un pan y cuando estuvo listo le unté mantequilla de maní y mermelada. Le ofrecí un pan a Gemma pero ella solamente desayuna café. Como todos los días, desayuné solo. Quedaban frijoles del día anterior y pensé en ellos. Había que calentarlos. Prendí la estufa, puse una a olla sobre la parrilla y eché aceite de coco en la olla. Una cucharada. Sonó el teléfono. Salí de la cocina, me senté en sillón y miré el teléfono: Michael Conroy. Es raro que mi suegro me marque.

–Hello, Mike! How you doing?
–Oh, sorry Abel, I must’ve called you by mistake.
–Oh, no worries, mate. How are you anyways?
–I’m fine. Look, I gotta go. But I’ll see you Sunday. Say hi to Gemma for me. Bye.

Una llamada breve. Breve y amistosa. Suficientemente breve para que la cocina se llenara de un humo espeso: de la olla brotaban flamas gordas y encabronadas que bailaban al ritmo de la muerte. ¿Qué había dicho Raúl que hizo cuando el fuego por poco toma control en su casa? Que echarle agua al fuego y a la cera es explosivo. No había que hacer eso. Había que esperar a que el fuego se consumiera. O esperar a que el fuego lo consumiera todo. La semana pasada Gemma y yo pedimos un descuento en la renta del departamento en donde vivimos, no parecía buena idea esperar a que el fuego lo consumiera todo.

–Gemma, I need some help here!!!
–I’m coming, what’s going on– WHAT THE FUCK!!!
–Quick! Get the fire extinguisher!!
–BLOODY FUCK!! BLOODY FUCK!!

Un diálogo también muy breve. ¿Será algo que llevan en la sangre los Conroy? Gemma y yo salimos del departamento y bajamos por el extintor. Cuando volvimos al departamento ya teníamos visitas en la sala: la vecina del 7 sugería que intentáramos apagar la alarma del detector de humo pegándole con una escoba; la del 2 trajo su aspiradora to suck up the smoke. La del 4 llegó después y solamente se asomaba por la puerta. Sentado en el sillón, el vecino del 8 nos entretenía con su historia de cuando a él le pasó algo así el día que cocinó tocino. You know how flammable bacon is. Gemma y yo intentábamos entender cómo usar el extintor. El humo no nos dejaba ver. El sol había dejado de brillar para nosotros. Se nos vino la oscuridad total. Todo parecía llegar al final pero hay cosas que en el fondo siempre sabes: ese no era nuestro momento.

El instinto de supervivencia se activó y Gemma y yo cubrimos la cocina con la espuma blanca que salía disparada del tanque rojo al apretar la palanca gigante. Las vecinas se regresaron a sus departamentos. Tosían y llevaban los ojos rojos. Parecían un tanto decepcionadas. El humo se quedó a hacernos compañía durante el resto del día. Gemma se tomó una siesta. Yo seguía con hambre. Me serví los frijoles en un plato y descubrí que puedo disfrutarlos también si están fríos. Desde el sillón contemplaba la pared que tenía en frente: sobre aquel lienzo, el humo había pintado un cuadro negro que daba la impresión de que podría succionar todo lo que hubiera a su alrededor en cualquier instante. Me apresuré a terminar de comer. Mientras comía, recordé que, además del fuego, Raúl habló también de las técnicas secretas de Mark Rothko. De eso y de la revolución del estofado de pescado. Por suerte ese día no hablamos de Dalí.

El taladro vuelve

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El letrero preguntaba si pudieras cambiar algo en el mundo, ¿qué cambiarías?

Estoy intentando escribir pero no logro concentrarme. A través de la ventana veo al señor que lleva toda la mañana taladrando el pavimento. La ventana está cerrada y aún así el ruido es insoportable. El señor lleva una protección en los oídos, unos audífonos gigantes. También lleva puesto un casco, unos lentes, guantes, botas y un chaleco de color naranja.

Imagino que todos en algún momento hemos querido que aquello que nos rodea sea distinto. No mejor ni peor, a veces solamente diferente. Quizá lo ideal sería llegar a una especie de estado zen y poder encontrar la belleza en todas partes. ¿Pero es esto posible? Seguro que por momentos lo es, lo que no creo que sea posible es permanecer de manera definitiva en ese estado.

El señor del taladro hace una pausa para fumarse un cigarro. Yo aprovecho el silencio para pensar.

¿En dónde está la línea entre la aceptación y el conformismo? ¿En dónde está el balance entre el optimista y el idealista? ¿Estamos hablando de resignación? ¿De qué estamos hablando? Pienso que, de tener la posibilidad, todos cambiaríamos algo en nuestro entorno. ¿Quién realmente puede pensar que todo está bien, todo está en su lugar? ¿Alguien que se ha rendido? ¿Alguien que ignora?

El taladro vuelve, el silencio desaparece. Nada permanece. El cambio no es posibilidad sino condición de vida. La pregunta entonces está mal planteada. Yo preguntaría más bien ¿cómo transformas al mundo con lo que haces? Ahora regreso, voy a abrir la ventana.

Satisfecho

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No recuerdo bien cómo es que di con esa canción. Lo que recuerdo bien, porque me propuse a no olvidarlo, es la frase de la letra que dice “la próxima vez que levantes las cejas de incredulidad, que sea al mundo y no a mí”.

Una amiga después me preguntó si conocía la versión original de la canción: la de Nueva Vulcano. No, no había escuchado yo la versión original pero la busqué y la escuché y, aunque no me molestó, me quedo con la versión acústica de The New Raemon. Me pasó igual con “Hurt” de Johnny Cash, que en realidad no es de Johnny Cash sino de NIN: durante mucho tiempo pensé que la versión de NIN era un cover de la versión acústica de Cash.

En fin, no sé bien de qué trata la letra de “Te debo un baile”, pero escucharla me hace sentir triste, sobre todo cuando canta esa frase. A veces pongo la canción en el auto, espero a que llegue la frase, y con la frase llega también la tristeza. Y yo me quedo contento y satisfecho. Y cuando termina la canción, la pongo de nuevo. Y así sigo todo el camino hasta llegar a donde sea que vaya.

Lo hago con el corazón

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Cuando estudiaba en la universidad, leí las piezas “La cantante calva” y “Las sillas” de Eugène Ionesco para la clase de Bob. Después en la biblioteca encontré “El porvenir está en los huevos”. Nunca me había reído tanto leyendo algo. Tomé el libro del estante y me acomodé en un sillón más o menos cómodo, entre el silencio y los pasillos repletos de libros. Conforme pasaba las páginas, se volvió inevitable: no podía dejar de reír, tampoco podía parar de leerlo. El encargado de la biblioteca me pidió que guardara silencio pero ya nada podía hacerse. Los guardias me escoltaron a la salida. No volví a ser admitido en la biblioteca. Todavía conservo el libro.

Recientemente empecé a escribir una novela, o algo parecido. Ayer leí uno de los borradores en los que estaba trabajando, se me salían las lágrimas de la risa en varios de los capítulos, pero sobre todo en la parte en que uno de los personajes le receta un acto de psicomagia improvisado a su amigo pero termina disculpándose:

–Lo siento, es que soy nuevo en esto de la psicomagia, pero lo hago con el corazón.
–Desde luego, lo he notado.